La música del azar (Paul Auster, 1980)

No es un libro normal, es un libro de Auster. Te sientes reflejado en él, por absurdo que parezca su inicio, su desarrollo, su final. Buen título, como todos. Y con el azar de protagonista, como todos.

Jim Nashe y Jack Pozzi. Nada que ver. Los dos perdidos, pero el primero sabe que lo está. Pozzi no, y por eso (quizá) es más feliz que Nashe.

Track 1: Nashe pierde al amor de su vida, que no es ni de lejos lo que le conviene para vivirla. Pierde a su hija también, un poco después de creer que la puede recuperar. Y gana algo de libertad, o al menos eso cree. La libertad que da el dinero: dejas de pensar en él (como Nashe concluye) pero entonces empiezas a pensar en ti, en tu vida, en tu vacío interior. En tu sentido. Se acaba el problema ficticio y empieza el real. ¿Quién soy, qué voy a hacer con mi vida? ¿Tengo un objetivo? ¿Mi historia ha tenido sentido?

Track 2: Nashe encuentra (por casualidad, la música del azar una vez más) a Pozzi. Le conmueve la imagen de la derrota, y se deja arrastrar por ella. La seducción del fracaso, cuando tú también te sientes un fracasado. Y la tentación de jugarse el futuro a una carta. En una partida de cartas, literalmente. Y además, dejarlo en manos de otro ¿así no te sientes responsable?

Track 3: El absurdo. El componente de locura que tiene la vida, personificado en dos millonarios perfectamente idiotas. Ese tipo de gente que no se merece el éxito, ni la paz, ni la libertad de decidir, porque hacen mal uso de ella. Nashe es libre para elegir y se equivoca, pero no sólo no hace daño a los demás, sino que intenta ayudar (curioso) a  que otros orienten su vida. Alguien que no sabe nadar intentando rescatar a un ahogado. Pero lo de Flower y Stone, los dos ricos completamente satisfechos de haberse conocido, es la elección del mal, de la práctica del poder por el puro placer de ejercerlo, de la futilidad del dinero utilizado para la nada. De la maldad trivial. Del control por el abuso, por aplastamiento del débil.

El control. Sobre todo, poder absoluto. Como la “Ciudad del Mundo”, maqueta de la vida que creen y muchas veces logran controlar. Y Nashe y Pozzi, juguetes en esa maqueta, al capricho de los dos personajes más horripilantes que se han descrito nunca, por su maligna banalidad.

Y Nashe, perdido ya todo en la mesa de póker, se deja arrastrar al juego de Flower y Stone, junto con Pozzi.

Track 4: La resignación. Si espantoso es como empieza el último tramo de la novela, su desarrollo es aún peor por desconcertante al principio y porque te das cuenta de que cualquiera puede reaccionar así. Ante un destino fatal, en lugar de pelearnos nos resignamos. Y una vez conformes, nos adaptamos hasta sentirlo nuestro, lo justo, lo que nos toca vivir. Hace tiempo un proveedor, con continuos cierres y aperturas de empresas, depresiones…  me dijo: “¿Sabes una cosa? he vivido en el infierno y no se está tan mal…” La continua y asombrosa dualidad del ser humano: su inconformismo infinito y su capacidad ilimitada de adaptación.

Nashe se ata a algo, convierte su castigo en su objetivo. Cuando podría marcharse, decide seguir trabajando en el absurdo muro que tiene que levantar para satisfacer la deuda con Flower y Stone. Esta vez es el atractivo de la concreción, de lo tangible, que suplanta a lo etéreo de enfrentarnos a nuestra propia persona, a decidir viajar a nuestro futuro escondido en la bruma. Es la suplantación de su vida por un día a día regularizado y monótono. Una vida que vives para otro, pero con horarios, normas. Espantosa por uniforme, pero segura.

Una vez que renuncias a manejar el timón de tu destino, todo es cuesta abajo. Puedes desencadenar acontecimientos, pero no controlarás su final. Y así ocurre. Las decisiones de Nashe tienen siempre resultados nefastos, como el más que probable final de Pozzi. Y la soledad y la locura son los tus últimos compañeros, como el final de Nashe.

Pero siempre tenemos el poder de tomar una Última Decisión. Y Nashe recobra la libertad de nuevo y de la misma forma: en la carretera, al volante de un Saab rojo.